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Hay cosas que se tienen que mirar de otra manera. Cosas que en un momento dado son auténticas frustraciones y que de repente tornan en otras maravillosas.

Por lo general yo tiendo a ser, no quiero decir pesimista porque suena muy mal, más bien diría “realista”, sí, quizá sea la palabra idónea. Pienso las cosas 2, 3 y 4 veces antes de actuar y normalmente tengo todo atado o más o menos controlado a la hora de embarcarme en algo. Sin embargo, me encontrarás el 80% del día montando castillos en el aire e imaginando la cantidad de cosas que querría hacer y que no hago por, no sé, todavía ando preguntándomelo. Eso de ¿qué quieres hacer con tu vida? es una pregunta recurrente en mi cabeza y tengo tantas respuestas como dudas me surgen al plantearlas.

Hace un tiempo, allá por aquellos años cuando la palabra “crisis” sólo era un término de historia de la economía internacional de 1929, el futuro que yo me planteaba estaba más que claro: estudio mi carrera y trabajo “de lo mío”. Qué gracia me hace esa expresión, oye.

Puede decirse que soy una mente ansiosa de aprender, y no, no me estoy tirando el pegote. Me gusta probarlo todo, ir a clases de esto, de lo otro. Os cuento que entre mis innumerables ideas por aprender cosas nuevas cito desde ir a clases de baile urbano, flamenco, salsa, hasta pintura, clases de jazz, costura, moda, idiomas y pole dance (sí, estuve dos meses y me encantó! lástima que a mi bolsillo no)

El caso es que todo eso nunca lo he considerado una pérdida de dinero, al menos ahora que lo pienso. Todo, y digo, absolutamente todo me ha servido o me servirá para algo (esperemos).

Por eso, ahora que estoy en el más absoluto paro, a la espera de que a alguien le interese alguno de los currículum que he entregado, me paro a concretar las tres cosas más importantes que he aprendido de no tener expectativas de nada:

1. Que puedes ser cualquier cosa.

He descubierto que estudiar una carrera, además de enseñarte un oficio, es una experiencia más para ir descubriéndote por el camino. Durante mis años de carrera han ido aflorando en mí distintas y múltiples vocaciones, es decir, que trabajar “de lo tuyo” no implica poner en práctica tu carrera la mitad de las veces. Quizá “lo tuyo” pueda ser cualquier cosa en la que seas un máquina (e intentar alguna manera de que sea rentable). El caso es que hay tantas puertas cerradas que a veces son sólo caminos abiertos de posibilidades para dedicarte a otra cosa sin presión de no trabajar “de lo tuyo”, ¿nunca lo has pensado?

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Julia es maestra. Y música. Pero en conjunto es artista. Un día se le ocurrió pintar una taza para el cumpleaños de un amigo y le gustó a la gente. Son totalmente personalizadas y la gente queda encantada. El caso es que lo hace estupendamente y ya casi ni le vemos el pelo porque anda todo el día pintando. Puedes seguirla en artisTAZAS y en sus redes sociales como @artistazas. (pst! además puedes conseguir la tuya en la pestaña superior de esta página “ARTISTAZAS”)

2. Aprender (y atreverte) a tener ingenio. 

Quizá a las generaciones anteriores a nosotros les pasó que terminada la carrera, comenzaron a trabajar y ahí se apoderó de ellos (o de la mayoría) la comodidad. Y en parte es una suerte. A mí me gusta observar, y veo que cada vez más gente sale a la calle llena de ideas que no saben ni cómo empezar, ni cómo llevar a cabo, que son descabelladas y que aún así saben de alguna forma desarrollarlas (yo, menos lo último, todo lo demás…). Y lo peor es que esas ideas les hacen inmensamente felices. He visto que los que han sabido salir de la crisis han sido aquellos que se han montado su propia historia y que se han empeñado en sacarla adelante. Que no es fácil, no. Pero podré deciros que ahora viven de lo que les gusta porque un día fueron valientes.

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Ana dejó su trabajo y ahora hace complementos monísimos, en serio, ¡monísimos! Ella es un claro ejemplo de que seguramente duerme menos que antes y trabaja más que antes, pero es más feliz que nunca. Puedes encontrarla en Kilemba Collection. Instagram: @kilembacollection

3. A no tener miedo. 

Y sí. Miedo. No tener miedo a trabajar de cajera en un supermercado con tu título de ingeniería guardado en un cajón. No tener miedo a irte al extranjero sin saber cuándo podrás volver. Miedo a embarcarte en algo que a saber cómo saldrá, pero había que intentarlo. El poder de reciclarse cada día creo que nos quita aún más estos miedos; el hecho de que ahora nos damos cuenta de que sabemos más de lo que creemos, que seguramente tienes más títulos bajo el brazo que la mayoría de los que tienen sólo 6 años más que tú (sin ir más lejos), que sabemos hacer tantas cosas que quizá no haya nunca currículum para explicarlas todas (eso lo hacen muy bien nuestras madres) y que en definitiva ya, “lo que nos echen”.

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Concha y Aurora son dos hermanas sevillanas (de Utrera, porque los de Utrera dicen que hay gente de Utrera en todos sitios, aquí una muestra) maestras, pero que un día cogieron las maletas y pusieron su vida rumbo a Liverpool. La cosa es que están encantadas y animan a todo el mundo a coger el camino a extranjero. Es toda una experiencia, llevan más de dos años allí y por lo visto están contentísimas, aunque Andalucía siempre tira, pero se las ve felices, ¿no?

Sinceramente, he aprendido muchas más cosas, pero creo que estas son las más importantes y las que todos los que estamos en una situación parecida hemos pensado en algún momento.

Si has llegado a este post por casualidad o porque querías, me gustaría que me dejases en comentarios si te sientes identificado/a y si puedes aportar algo ¡de lo que podamos valernos todos!

Espero que os haya gustado este post “diferente” y nos vemos en el siguiente.

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